Santa Cruz tiene una estampa que no se la quita nadie. En torno a esta ciudad decimonónica brillan las bodegas, que —aunque no estén en su mejor momento— siguen atrayendo a miles de turistas cada año. Lo cierto es que, fuera de esta industria, el valle interior también ofrece muy buenas cocinas y bocados, suficientes para justificar el viaje de cualquier sibarita. Aquí, una guía desde adentro.
1. Siéntate en la barra de la Pani y disfruta como un local
📍Dirección: Av. Rafael Casanova 169, Santa Cruz
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La Panificadora Santa Cruz —también conocida como “La Pani”— es ya un emblema para esta comuna de cerca de 38.000 habitantes, con una historia estrechamente ligada al desarrollo comercial del pueblo. Comenzó operando en 1930, haciéndose conocida por las llamadas “galletas de fundo” que repartía a los trabajadores de los predios aledaños, y más tarde fue adquirida por la familia Dutzan, quienes integraron el salón de té y la heladería, ampliando su rol dentro de la vida cotidiana de la ciudad. Ubicada a media cuadra de la Plaza de Armas, aquí el trabajo ocurre en silencio y sin pausa: la producción no se detiene y supera las 9.000 marraquetas diarias, a las que se suman más de 6.000 hallullas, cerca de 300 pasteles y una heladería con 40 sabores en rotación. Súmele, cómo no, su indiscutida pasta de pollo. También está la opción de tomar asiento y tentarse con un sándwich: un completo italiano con fanshop o un Barros Luco acompañado de una tacita de café. “Para nosotros es una gran responsabilidad y, a la vez, un tremendo orgullo representar a la tercera generación en la Panificadora. Tenemos la obligación de mantener vivo un legado de recetas y tradiciones para no defraudar a los clientes que nos han preferido durante años”, comenta Cristian Dutzan a Passport Projects. Y remata: “Nuestros clientes buscan sabores que evocan recuerdos”. Y aquí, claramente, los encuentran.
2. Prueba recetas de antaño bajo el parrón de un club con más de 90 años

📍Dirección: Plaza de Armas 178, Santa Cruz
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La sombra del parrón del Club Unión Social de Santa Cruz refresca y acompaña algunas de las comidas más reconfortantes de la comuna. Al costado de la Plaza de Armas, al interior de una antigua casona que desde 1933 congrega a decenas de socios, el Club ha sido por décadas un espacio fraterno de juego, charla, conversación y patache. Hoy suma cerca de 100 integrantes y un miembro honorario. “Al Club lo sostienen las personas. Ellos han heredado el sentido de pertenencia a sus hijos”, explica Lala Lorca a Passport Project. Junto a lo humano, su cocina se ha ganado una sólida reputación. Funciona por concesión y durante más de 40 años estuvo a cargo de Omar Pérez, fallecido en 2023. Hoy es su familia —su esposa Julia Cáceres e hijos— la que continúa con el sello: una carta chileno-española, de “recetas de antes”, bien servida y atendida por garzones que acumulan años de trayectoria, que te reconocen y suman historias a la mesa. Entre las preparaciones destacan las tortillas, los riñones al jerez, la lengua nogada, los callos, las patas en salsa de alcachofa, el conejo escabechado, las humitas, la cazuela, las empanaditas de prieta, las tórtolas (cuando hay), la torta de milhojas y los clásicos sándwiches. Para beber, no fallan la vaina, la borgoña ni el clery. “La operación del Club es todo un cuento, muy distinto a otro restaurante. Cumple todas las normas, pero no funciona igual. Hay cosas que no son llegar y hacer: aquí hay ritual y obediencia”, agrega Lorca. Tal vez por eso, el cuidado de las formas —más que la apariencia— es lo que lo ha mantenido firme y querido en el tiempo.
3. Prueba las pochoclos, bajón santacruzano
📍Dirección: Federico Errázuriz 447, Santa Cruz
A comienzos de los 2000, Santa Cruz tenía un puñado de lugares donde los jóvenes de la comuna y de sectores aledaños salían a bailar: las noches partían con previas en los potreros y seguían en discotecas como La Iguana o Vintage, mientras que las tardes tenían su propio ritmo en ese horario híbrido conocido como “las combis”. Para llegar al bajón nocturno había que caminar cuadras enteras, cruzar el centro en grupo y terminar, casi por inercia, frente a una empanada frita. Esos espacios fueron desapareciendo con los años, pero quedó instalado en el inconsciente colectivo el gusto por ese bocado. La versión más clásica es la pochoclo, una mezcla generosa de pollo, choclo y queso que antiguamente costaba $1.500 y hoy puede llegar a los $4.500, junto a variantes como la napolitana o la de carne con champiñón. Si antes los locales de la avenida Federico Errázuriz atendían hasta bien entrada la madrugada, hoy los horarios llegan apenas a la medianoche; aun así, las empanadas siguen vivas en bastiones como Las Más Ricas o El Carretito, ya no empujadas por la noche, sino adoptadas como un bocado típico y preferido por muchas familias. Contundentes y sin pretensiones, lo que cambió fue el contexto. Y nosotros —los colchagüinos— también.
4. Almuerza en el Rancho Cunaquino, una verdadera picada huasa
📍Dirección: Ignacio Valdés s/n, Cunaco.
Chupallas, calabazas, braseros, sillas de madera y fotos blanquinegras arman la escenografía del Rancho Cunaquino, un comedor abierto en 1973 en el sector de Cunaco, a unos 10 kilómetros de Santa Cruz. Según se ha relatado la historia a los nuevos comensales, el lugar abrió sus puertas cuando se corrió la voz de lo buenos que eran los almuerzos de Silvia Ibarra, quien ofrecía pensión a los profesores de la zona. Aquí el rito parte antes del menú: apenas uno se sienta, llegan el pancito caliente, la cebolla en escabeche, el pebre, la mayonesa y las aceitunas, una bienvenida que dice mucho sin decir nada. En la actualidad atienden de martes a domingo, con un menú cercano a los $9.000, que incluye entrada, dos platos de fondo —como a la vieja usanza campesina— y postre. También hay opciones a la carta, como carne mechada, arrollado de malaya o lomo con papas fritas reales, cortadas a mano. Es un lugar bueno y barato, de esos que se sostienen solos, donde conviven huasos tomando piscola a las 13.00 horas mientras miran los resultados del rodeo, y empresarios agrícolas cerrando negocios alrededor de una mesa redonda.
5. Camina por el corazón de una hacienda y come con los vecinos
📍Dirección: El Huique s/n, Palmilla
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A 16 kilómetros de Santa Cruz se levanta el colosal Museo San José del Carmen de El Huique. Un secreto para muchos, incluidos varios locales. Perteneciente a la comuna de Palmilla y hoy bajo administración del Ejército de Chile, corresponde a lo que fue la casa de veraneo de Gertrudis Echeñique y del exmandatario Federico Errázuriz. El recinto conserva mobiliario, objetos y detalles que alguna vez marcaron la escenografía de la vida hacendal, y puede visitarse de martes a domingo por $4.000. “Es más que un conjunto de edificaciones coloniales enclavadas en el profundo Valle de Colchagua”, señala la antropóloga de la zona, Paula Candia Letelier. “Sus muros, corredores, jardines y objetos conservan vestigios de una forma de vida que estructuró, durante siglos, la organización social rural chilena”. Justo frente a este monumento y a un costado de la 2ª Compañía de Bomberos de El Huique, funciona el Restaurant Los Cañones. Instalado en lo que fuera una antigua escuela rural, de largas galerías y techos de tejas, el matrimonio compuesto por Tito Umansor y Gloria Miranda puso en marcha este proyecto en agosto de 2015. Frecuentado por vecinos y trabajadores de la zona, su fuerte son los almuerzos servidos en grandes mesones o repartidos a empresas vitivinícolas y agrícolas del sector. “Cuando nos instalamos, siempre fue con la idea de hacer platos criollos, no gourmet”, cuentan a Passport Projects. “Hoy la gente llega por recomendación. Nuestro caballo de batalla es que los platos son contundentes y a buen precio. Salen con el ombligo estirado”. La cocina va rotando entre vacuno a la cacerola, cazuela de costilla, costillar de cerdo, pollo al horno y papas fritas caseras, siempre acompañados de pan, pebre, ensalada y postre de cortesía. También está la opción de la colación del día, por $8.800. “Tengo el orgullo de decir que he atendido a dos presidentes de Chile, a la Cote Quintanilla, a los Charros de Lumaco, a Los Luceros del Valle… Hemos llegado a atender a 150 personas, no me pregunte cómo”, dice Tito. La respuesta está a la vista: una pareja profundamente conectada con su comunidad que, de lunes a lunes, le pone cariño al oficio y a la mesa.
6. Haz una parada dulce en Nancagua y prueba los helados de Kolpino
📍Dirección: Armando Jaramillo 217, Nancagua
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Si viajas entre septiembre y fines de abril al Valle de Colchagua, vale completamente la pena detenerse en Nancagua, el pueblo de los naranjos amargos, ubicado unos 17 kilómetros antes de Santa Cruz por la Ruta 90. La excusa es clara: durante esos meses abre y opera Kolpino, la heladería artesanal fundada por Ramón Vega en 2002. El nombre no es casual. Kolpino es una ciudad rusa donde estuvo su padre durante la Segunda Guerra Mundial. “Mi papá siempre se acordaba de los fríos tremendos que pasaban ahí”, contó alguna vez Vega en una entrevista. Tras años de trabajo en el agro —plantando uva vinífera y a cargo de una panificadora local— decidió iniciar este proyecto gracias al impulso de su primo Ramón Riaño, fundador del clásico Rigoletto de San Fernando, quien le trajo desde Europa la mantecadora con la que comenzaron los primeros helados. Desde entonces, y solo durante los ocho meses en que operan, salen sabores hechos con leche natural y pastas de confección propia que se mantienen inalterables en el tiempo: pasas al ron, chocolate, chirimoya alegre, bocado, menta, crema mora, coco, plátano manjar y capuchino, entre otros. De estética media vintage, colores saturados, onomástico siempre al día y precios difíciles de encontrar hoy, Kolpino es un dato netamente local. El barquillo de un sabor cuesta $1.400; el de dos, $2.000; el grande, $2.800. Incluso hay un maxi de tres sabores a $3.300. “Yo diría que pesa medio kilo”, dice Vega. Y no lo mire con culpa, porque como bien advierte uno de sus carteles: “Más que una golosina, es un alimento”.
7. Presencia y degusta el pastel de choclo más grande del mundo

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En San José de Apalta, a unos 15 kilómetros de Santa Cruz, se cocina cada verano una de las escenas más singulares del valle: un pastel de choclo comunitario organizado por la junta de vecinos del lugar, que con los años ha crecido hasta alcanzar proporciones monumentales. Desde temprano, cerca de 60 cocineras se reúnen para preparar un pastel que ronda los 400 kilos y los 10 metros de diámetro, elaborado a la antigua, con sofrito compartido, choclos desgranados a cuchillo y cocción con brasas por arriba y por abajo. Para dimensionar la faena, en versiones anteriores se han usado más de 4.500 choclos, 2.200 cebollas, 400 huevos, 140 kilos de carne molida y cerca de 100 pollos. Una vez dorado, el pastel se reparte de forma gratuita entre vecinos y visitantes, cada uno con su plato, en una escena donde el tamaño importa menos que el gesto. La actividad se realiza en el marco de la “Fiesta del Mundo Rural”, generalmente el primer fin de semana de febrero; este año será el domingo 8, desde media mañana, con cocina típica, cerveza y música en vivo.
8. Recorre un viñedo casi centenario y prueba los productos con el sello Rayuela
📍Dirección: Carretera del vino - km 37, Santa Cruz
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Un camino flanqueado por árboles que cambian de colores todo el año deja entrever las 150 hectáreas que conforman el gran paño cunaquino de la Viña Viu Manent, a unos 8 kilómetros de Santa Cruz. Fundada en 1935, la bodega ofrece distintos paquetes para recorrerla, siendo el más económico el tour de $25.000 que incluye visita a las instalaciones, paseo en carruaje y una degustación de cinco vinos. A partir de ahí, todo suma. “Como cualquier buen anfitrión, el equipo cálido y amigable no te dejará ir ni con hambre ni aburrido”, describe 50 Best Vineyards, organismo que la ubica en el puesto #40 a nivel mundial. Su cocina principal es Rayuela Wine & Grill, dirigida hace un lustro por la intuitiva Maira Ramos. De su parrilla salen preparaciones que ponen en valor frutas y verduras de temporada, con recetas que dialogan con sus viajes y con el manejo del fuego. “En un principio fue muy desafiante”, dice la trasandina que llegó post-pandemia a tomar las riendas del proyecto e impulsó un cambio estructural en la carta. “Hoy vienen muchos turistas, pero también muchos locales que preguntan por sus platos favoritos del año”. Para quien escribe, hay varios infalibles, como los duraznos con ricotta, prosciutto y regañá; la alcachofa frita con romesco; las bruselas con cremoso de sésamo y repollo ahumado; el asado de tira; y su flan. Termine, pida una copa más y pasee por el viñedo.
9. Participa de una degustación premium y celebra en Fuegos de Apalta
📍Dirección: I-350, Santa Cruz.
🔸 Encuéntralos en Instagram: @fuegosdeapalta @francismallmann @vinosmontes
Un cerro de gran escala, colinas cubiertas de parras, una bandera y una bodega metálica que emerge entre el verdor marcan el ingreso a Viña Montes, uno de los proyectos más reconocidos de Colchagua y ubicado dentro del top 10 mundial según 50 Best Vineyards. Fundada en 1988, la viña no solo destaca por sus vinos, sino también por ser una fuente de trabajo relevante para la zona, donde conviven labores agrícolas y oficios ligados a la vendimia. Para conocer su trabajo, ofrece distintas experiencias enoturísticas que parten desde los $50.000 con el tour Ícono, y continúan con propuestas como Divine Tasting o Evolution, esta última reconocida recientemente como la Mejor Experiencia Enoturística de Chile en 2025. En los cuarteles de la viña funciona además Fuegos de Apalta, la mesa más exclusiva del valle, activa desde 2017. Ahí, un equipo joven, local y extranjero ejecuta con gallardía el sello culinario de Francis Mallmann, donde el fuego enciende el ADN de la propuesta. Al centro, un domo metálico arde como corazón del espacio, en un ambiente que transmuta con el paso de los meses y la presencia de la vid. “Se viene la explosión de la huerta”, adelanta su manager, Alejandro Boverman, a Passport Projects, aludiendo a la llegada de seis variedades de tomate a la carta. Es una experiencia que —digámoslo— no es barata, pero si hay que elegir un momento para ir, mayo es una buena apuesta: el carmenere estalla en rojo y el paisaje hace su parte. Querrás volver.
10. Déjate sorprender con el menú pionero de Food & Wine
📍Dirección: Carretera del vino - km 37, Santa Cruz
🔸 Encuéntralos en Instagram: @foodandwinestudio @pili_rodriguez_m
A pocos pasos de La Llavería de Viu Manent se levanta una antigua casa de inquilinos de la viña. Blanca, de marcos negros, hoy alberga uno de los proyectos gastronómicos más singulares del valle: Food & Wine Studio, el restaurante de Pilar Rodríguez Mora, embajadora de ONU Turismo y reconocida por Forbes como una de las 50 mujeres más poderosas del país. Su valor se explica en trayectoria. Diseñadora de profesión, fue de las primeras cocineras en levantar un proyecto gastronómico de alto estándar en Colchagua, cuando la idea todavía parecía lejana. Venía con aprendizajes de París, andares en Nueva York, pasos por cocinas con estrellas Michelin y mucho trajín acumulado, pero en 2006 decidió instalarse en un camino interrural de Cunaco, viendo potencial donde otros no lo veían: la relación profunda entre comida y vino. “Más que pionera en maridaje, siento que el estudio también lo es en cocina de origen. En poner en la mesa ingredientes que cuentan el lugar de donde vienen, muy ligados a la gente y al entorno, en crear una cocina que conecta”, comenta la chef a Passport Project. Eso es justamente lo que ocurre de miércoles a sábado, a través de un menú degustación de seis tiempos que cambia según la temporada y que narra los productos que se cosechan en estas tierras y mares. Platos como el pulpo frito en pebre de pimentones al rescoldo, la jibia con sorbet de palta o el raviol relleno de pino de prietas dan cuenta de ello. Lo cierto es que no es una mesa masiva. No todos en el valle han pasado por F&W, en parte por desconocimiento y en parte porque el precio —$130.000— se mueve en la misma liga que los menús degustación del resto del país. Aun así, en este villorrio hay una voz que habla desde Colchagua hacia afuera, que dialoga con un público viajero, conocedor de este tipo de propuestas y dispuesto a buscarlas. “Creo que ese ha sido nuestro aporte: conectar el valle con los visitantes”, reconoce.